Gracias por sus latidos de afecto y cariño que alimentan al Alma.

martes, 27 de julio de 2010

Vidas entrelazadas ( 12 y final )




Mi hijo el mayor se casó primero que todos, y pronto tuve nietos, tres.
Cuando tenía 41 años enfermo gravemente del hígado.
La libró muy apenas y salió del hospital, con un temblor en las manos, extremadamente pálido; con la orden estricta de tener mucho cuidado de su salud.
Una tarde, que los fui a visitar, vivían como a seis cuadras de mi casa, en un solar que habían comprado, encontré a mi hijo, tirado en el piso, solo.
Su mujer, se había llevado a sus hijos, a visitar a sus abuelos maternos en Jalapa, y mi hijo, ya tenia días sin comer y con los ánimos bien apachurrados.
Lo convencí de llevármelo a mi casa.
Estuvo dos meses en cama, con sueros, vitaminas y medicamentos.
Pero ya era muy tarde.
Empezó con vómitos de sangre, y cuando hiba al baño, hacia pura sangre prieta; como si el hígado, se le saliera poco a poco.
Su mujer y sus hijos, al llegar de vacaciones, me ayudaban a cuidarlo.
Mi esposo y mis otros hijos, ya casados, estaban al pendiente, de lo que se le ofreciera a mi hijo el mayor.
Mi hijo Mateo, tenia un perro, de unos seis años de edad, de raza corriente, cruzado con de la calle; el animalito se pasaba todo el tiempo, por fuera del cuarto de mi hijo, echadito, bajo la ventana, donde su dueño estaba moribundo.
Una noche, escuché al pájaro muertero, cantar, estaba parado en los cables del teléfono; se oía su acompasado ¡clap, clap!; que anunciaba la llegada de la muerte a una casa.
A nuestra casa.
Salí, me brotaban lagrimas de rabia, y lo apedreé, diciéndole, ¡lárgate, ave de mal agüero!
¡Lárgate, mi hijo no se me va a morir todavía!
Por la mañana, mi hijo Mateo, me pidió, que le tendiera algo en el suelo porque sentía que la cama, lo cansaba mucho.
Una comadre, con mirada triste, me explicó que es porque el cuerpo ya pide suelo, tierra. Ya quiere descansar.
Ese día murió mi hijo, mi primer hijo.
Solo tenía 42 años de edad.
Sentí un dolor tan grande, que ha nadie se lo deseo.
Ni a mi peor enemigo.
Al ver como lo sepultaban, saque fuerza de flaqueza, y en lugar de reprochar al Cielo, el porqué de la situación, sólo gritaba con inmenso pesar:
¡Dios mío, tu me lo diste, tu me lo quitaste ¡
¡Hágase tu voluntad ¡y ¡ Ten piedad de mi ¡
Se hizo el rezo del novenario en mi casa.
El perrito, tan fiel a mi hijo, no se hiba a casa de mi nuera y nietos.
Seguía por fuera del cuarto donde falleciera mi hijo.
Dejo de comer, y muy poquita agua tomaba.
Como al mes, murió el perrito, tal vez de tristeza.
Mi nuera, aun no cumplía el año de viudez, y abandono a sus hijos; un varón de 17 años, el de 14 en secundaria, y la niña, de 15 años, para irse a vivir con “un nuevo amor”.
Mis nietos, no quisieron seguirla.
Al año y meses de que murió mi hijo, mi esposo enfermo gravemente.
Ya tenía tiempo que se agitaba al caminar; le habían detectado angina de pecho, y tomaba sus medicamentos para eso.
Pero cada vez más, le faltaba la respiración, como que se ahogaba.
Después de varios estudios, una noticia terrible. Ahora también le diagnosticaron enfisema pulmonar, y es que por años, había fumado en demasía.
No se quiso internar. Para que, si para lo avanzado de su enfermedad no existía remedio.
Ya había interrogado a su nieta la doctora, y le había dicho: a mi háblame derecho, no me andes con tantos rodeos, ni con chuchulucos.
Estuvo con suero, medicamentos dilatadores de los bronquios, expectorantes y oxigeno; todo en nuestra casa.
Después de pocas semanas, se fue agravando cada vez más.
Los últimos días, pedía tenernos alrededor de su cama; a nuestros hijos y a mi.
No nos quería parados por su cabecera.
Decía: No, ¡aquí, donde yo los vea!
Si por eso no me quise internar.
Quiero que sea lo último, que mis ojos vean.
A mi esposa, y a mis hijos.
A mi me dejo instrucciones, de cómo debía manejar el hogar.
En sus últimas platicas, me recalcaba:
Ya no eres la mujer sola con un hijo pequeño, que conocí viviendo en casa de tu hermana Goya.
Ahora te dejo donde vivir. Y con bastantes hijos, todos casados y con estudios.
No creo, que tengan el corazón tan duro, que un vaso de agua, y un taco de comida te nieguen.
Ahí te encargo a mis muchachitos, tenles paciencia; pero que te digo, si tu mejor que nadie los conoce.
Y murió mi viejito, dejándome tan triste.
Fue mi compañero amoroso y comprensivo, durante casi 40 años.
Además, un hogar se sostiene en dos pilares; y en el nuestro, el mas grueso, ya había caído.
Ahora, me tocaba a mí ser fuerte.
Se hizo el novenario en la casa.
El ultimo día, el de la levantada de la cruz, me metí al cuarto, que por tantos años escucho nuestras confidencias, para buscar unas cosas que hacían falta, y encontré a uno de mis nietos, el de 4 años de edad, cuyos padres, son uno de mis hijos y mi nuera; ellos andaban acomodando las sillas para recibir, a los que nos iban a acompañar, en el ejercicio religioso.
Veo, que el pequeño, mira fijamente el lecho vacío, y mueve sus labios de manera casi imperceptible.
Le pregunte, ¿que haces Betito?
Y su contestación, me conmovió.
Que platicaba con su abuelito, y señalándome la cama, me narraba mi nieto, ahí esta mi abuelito, y me esta dando muchos consejos, que me porte bien, que obedezca a mis papas, y que los quiera mucho.
También me dice, que siempre estará cuidándola, abuelita.
Recordé, como de niña, yo también podía “ver”.
¡Como quisiera poder hacerlo de nuevo!
¡Tener esa inocencia!
Tome a mi nieto de la manita, y le pedí que me acompañara a rezar por el alma de su abuelito, ya que un buen niño debe ser, tal y como se lo acababa de pedir su abuelito.

Portada del libro "Más allá"

Portada del libro "Más allá"
Camino de Amor Infinito
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