Gracias por sus latidos de afecto y cariño que alimentan al Alma.

sábado, 16 de octubre de 2010

Paréntesis


PARÉNTESIS

Tiene el poder de cambiar
su tamaño a voluntad
cuando se hizo pequeño,
tan pequeño.
solo con microscopio láser
lo podían observar.
Ahora, que se hizo grande,
todavía, no lo pueden hallar.

martes, 21 de septiembre de 2010


PUNTO

Había unos cuentos,
que solo de día, se debían leer.
En la oscuridad,
se escuchaban.
Fueron enterrados, en lo más profundo.
Una noche, pegue mí oído al suelo.
Y aquí están para ti.

domingo, 29 de agosto de 2010

Tio




TIO

Vivíamos en un cuarto redondo, de esos, que son todo a la vez.
La abuela, se iba, todo el día a trabajar. Dejándonos hecha la comida, a mi tío, y a mi.
Nos encerraba con llave.
Mi tío, tendría en ese tiempo, unos 40 años, alto, musculoso, porque en su juventud, se ejercitaba con pesas.
Ojos hundidos, con ojeras. Nariz aguileña, ceja gruesa, cerrada.
Pelo hirsuto, barba tupida, dientes amarillentos, aliento fétido.
Manos enormes, que golpeaban a puño cerrado, las paredes en sus arranques de ira.
Manos que levantaban su cama de fierro, para con ella golpear el suelo, y cuartear el cemento.
Dedos que embarraban, el excremento en las paredes.
Porque mi tío era esquizofrénico.
De esos, que hablan y hablan solos.
Que se dirigen, a alguien que nadie más, puede ver.
Yo tendría, 6 o 7 años de edad.
Y deseaba, que mi tío me quisiera.
Hubo una época, en que sentaba en sus rodillas, y le decía papá.
Pero, un día, me aventó lejos, y me grito ¡tu no eres nada mío!
La abuela, me regañó.
Y me hizo los siguientes comentarios:
- No te le acerques.
- No lo mires, y si lo haces, que no lo note. Cuando el voltee el rostro, tu no debes voltear tu cabeza a otro lado, porque te delatas y se enfurece.
Solamente la niña de tus ojos, cambiaras de dirección.
Si no tienes cuidado, y lo miras fijo, un día te puede matar.
Ya te lo advertí.
Parece que lo veo, con su pantalón arremangado, porque en su valenciana guardaba los tiliches, que recogía en las calles, como tapones, fichas, seguros, alfileres, pañuelos sucios, y que el llamaba, “mis tesoros”.
Con un mecate por cinto, porque cuando traía cinturón, amenazaba con agarrarnos a cinturonazos, a la abuela y a mi.
Y que de groserías decía.
Un vocabulario tan florido, que daba cátedra.
Después al tío, le dio, por amenazarnos con cuanta cosa tuviera a la mano; un día descubrió donde se escondían las herramientas y su consentida, se volvió el machete.
Y yo, el blanco de sus amenazas, cada que no estaba la abuela.
Machete en mano, me decía:
He de arrancarte la cabeza. Te voy a hacer cachitos, que ni quien te reconozca.
Eso era de día.
Por las noches, despertaba sofocada por las pesadillas.
Mi abuela, hablo seriamente conmigo.
Me explico, que si tú en los sueños, sueñas que te ahogas, o que te caes a un precipicio, o que te quemas; tú y solo tú, tienes la solución.
Que si tu no pones, remedio en tus sueños, a tus monstruos o peligros, puedes morir, tanto en el sueño, como en la vida real.
Es decir, que tú ya no despiertas.
Simple y sencillamente, porque en tus sueños, tu, te dejaste vencer por tus miedos.
Esas verdades, dichas por su abuela, a una niña de 6 o 7 años, son algo muy gordo, que hay que meditar mucho.
Ya ni modo, de seguir quejándose, por tener pesadillas.
Y el tío, que seguía dale y dale.
Con su circo, maroma y teatro.
Una mañana, en que yo miraba como al entrar los rayos del sol, por los vidrios de una ventana, y al iluminar el polvo, que con mis manos levantaba al palmear, infinidad de puntitos se hacían visibles, como estrellas, que me acompañaban; empezó mi tío con su letanía.
Se movía como un león enjaulado, por nuestro cuarto.
Gesticulando, manoteando, dando brincos, escupiendo, desnudándose.
Y recordé la advertencia, “no le veas ahí, porque es pecado; el no sabe lo que hace”.
Harta.
Saco el machete, aunque pesa en mis manos como plomo.
Mi tío, para sus bailoteos.
Me le acerco.
Se lo entrego.
Me pregunta, con voz de cuerdo:
Y esto, ¿para qué me lo das?
Lo miro de frente y le digo, para que me mates de una vez, porque esto no es vida.
Suelta una maldición.
Avienta el machete a un rincón y exclama:
¡Tu estás más loca que yo!
Esa noche, en mis sueños, el gigante, empieza a corretearme tenaz.
Yo lo espero en una esquina, con miedo, pero firme.
Y saltando, le inserto un puñal, entre sus ojos.
Cae muerto el gigante de mis pesadillas.
Jamás ha vuelto a perturbar mis sueños.
Y mi tío, no me volvió a amenazar, con matarme.

domingo, 22 de agosto de 2010

Doña Pilita


DOñA PILITA

Cuando rentábamos en las orillas de Altamira, en la cuadra donde estaba nuestra casa, la mitad de ella estaba ocupaba por una gran propiedad, cuyo dueño, señor bajito, rubicundo, tenia un hijo, de un anterior matrimonio, que tomaba mucho. Su actual esposa tenía una hija, ya casada, que vivía en otra ciudad.
La casa de ese matrimonio, ya entrado en años, era grande, de madera, edificada sobre unos postes de madera, y la había construido, en la esquina. Tenia piso de madera, techo de lámina.
Le habían hecho unos cinco escalones de cemento, para poder entrar a la casa, por lo alta que quedo fincada.
Ese solar, tenía gran cantidad de árboles de mango, aguacate, y uno que otro limoncillo.
Al centro del solar, tenían construida una casa mucho más pequeña, con piso de tierra, que rentaban a un matrimonio, que no tenía descendientes.
El dueño del solar, tenia mucho problemas con su hijo, y reuniendo una considerable cantidad de dinero, se la entrego, con la condición de que se estableciera en otro lugar, quedando entendido, que esa había sido su herencia por adelantado.
Al paso de los años, murió el señor, la señora, y los hijos de estos quedando en el solar, el matrimonio que les rentaba.
Mientras se decidía a quien de los descendientes, correspondía la propiedad.
Era una pareja, no muy jovencitos, como que ya no se cocían al primer hervor, los dos muy delgaditos, menuditos, bajitos, ella siempre de rebozo.
Le decíamos, “Doña Pilita”.
Sacaban para irla pasando, de las “curaciones” y “barridas” que realizaba la señora.
Para ella, existían dos tipos de espantos muy malos.
El susto por agua, o sea andarse ahogando, y el de víbora.
Y ya todos los demás, eran sencillos de curar.
Ella empleaba hierbas, como la ruda, romero, hierba del negro, pata de vaca, toronjil, manzanilla, y albahacar; el clásico huevo de gallina, la piedra lumbre, y si no había más, hasta un limón la llevaba.
En el solar, ella había sembrado sus hierbas curativas, y también criaba gallinitas.
Hiban hasta en carros lujosos a buscarla, porque dizque era muy bueno, para eso de las “curadas”.
Cuando “barría”, para curar un susto, hacia lo siguiente:
Preparaba una escoba con hierbas de curación.
Le pedía al cliente, que se parara al centro de la casa, sin zapatos.
Le agarraban con los dedos índice y pulgar la punta de la nariz, y con suavidad, se la movían de un lado a otro.
Exclamaba, ¡si, no cabe duda!
Estas bien asustado, traes un asombro bien grande.
Se nota en las narices aguadas que te cargas.
Pos como no quieres sentirte malo. Pero ya veras como te compones.
Con solo tres barridas quedaras como nuevo.
Y que bueno que viniste pronto, porque luego el susto se va al estomago, dejas de comer, y enflacas cada día mas.
Y no hay medicina que te alivie. Y es que el susto, solo con hierbas se saca.
Le indicaba al “asustado”, que no se estuviera moviendo, que cerrara los ojos, y mantuviera los brazos caídos, a los costados de su cuerpo.
Agarraba la “escoba de hierbas”, con su mano derecha y empezaba dibujando tres cruces, en la cabeza del cliente; una en la sien derecha, otra en la frente y ultima en la sien izquierda, mientras decía, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o sea, que estaba invocando su ayuda.
Esto solo se hacia al principio de la curación.
Si era susto por difunto, porque el cliente refería que eso creía, porque algún familiar ya fallecido lo andaba importunando, o porque referían que tal o cual difunto les hablaba, a cualquier hora del día, los rezos de la curación debían ser puros padres nuestros, y con la recomendación, de que al llegar el cliente a su casa, pusiera en unos vasos con agua, flores blancas, y así protegiera cada cuarto donde el viviera. Que eso alejaría a los espíritus.
Si era un susto por cualquier otra cosa, rezaba padres nuestros y credos.
Después de persignarlo, tres veces con la escoba, rodeaba su cabeza, como sobandola, con las hierbas, y durante toda la barrida, no dejaba de rezar.
En los ojos, oídos y boca, hacia la señal de la cruz con las hierbas, y todo en continuo “barrer” hacia abajo, como quitándole algo.
Formaba la señal de la cruz en el corazón, unas tres veces, en el estomago, en cada “coyuntura” o articulación del cuerpo, como codos, muñecas, rodillas y tobillos, así como la nuca, y la rabadilla, ahí donde nace la columna.
Al llegar a los pies, pedía al cliente, que levantara un pie, y luego otro, porque hacia como que le quitaba algo de las plantas de los pies para recoger el mal que hubiera pisado.
Los “barría” tres veces, primero por el frente, luego por la espalda y terminaba de nuevo por el frente.
Tiraba las hierbas sobre unos periódicos que tenia en un rincón.
Asegurando, mírelas, quedaron “bien quemadas, bien prietas, es que están agarrando el mal que traes.
Y empezaba otras tres barridas, ahora con un huevo. Al terminar, lo depositaba con suavidad en una mesita.
Para “cerrar” la curación, tomaba entre sus manos fuertemente la cabeza del curado, primero de sien a sien, luego de la frente a la nuca, y la ultima vez, de nuevo de sien a sien.
Hablando de manera fuerte, decía lo siguiente en cada apretada de cabeza: ¡vengase …y aquí nombrada al cliente por su nombre de pila, como Juan, o Luís, no se quede !
El curado debía contestar ¡aquí estoy!, recio, las tres veces, que se le llamara.
Y remataba la curandera con un Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tengan piedad y misericordia de tu alma. Así sea. Apretando fuertemente, de nuevo la cabeza del cliente.
Le pedía que la mantuviera tapada por un rato con un trapo, para que no fuera a agarrar un aire cruzado, ya recién curado.
Eso era para evitar, que en lugar de curarlo, quedara dañado.
Decía doña Pilita, que no se deben abrir puertas, si después no sabemos como cerrarlas.
Si notaba que el espanto estaba” muy pasado”, porque ya tuviera mucho tiempo de haberse asustado el cliente, le recomendaba que mejor, había que “levantarle la sombra.”
Citaba al cliente, a las 12 del día le pedía que se acostara, en el piso de tierra, sin zapatos y lo curaba de la misma forma, que cuando barría a la persona de pie.
Y en un vaso de agua, ponía una pizquita de la tierra, donde el asombrado estuvo acostado durante la barrida, así como una pizquita de flor de ceniza, que agarraba doña Pilita de un fogón, porque ella guisaba con leña.
Esa agua preparada, ya asentada la tierrita y la ceniza, hacia que el cliente se la tomara, para así concluir con la levantada de la sombra, que tenia que llevarse a cabo, por tres días seguidos.
El huevo que se había ocupado en la limpia, el cliente, se lo debía llevar a su casa, hacer con el la señal de la cruz en la boca de un vaso con agua, y arrojar dentro la clara y la yema, tirando el cascaron.
El huevo dentro del vaso con agua, debía ponerlo bajo la cama, en el lugar que de costumbre le servia de cabecera, para que en la noche, siguiera recogiendo las malas influencias.
Doña Pilita, luego era solicitada para que “leyera” el huevo de la curación. Si se veían unos puntos o rueditas blancas a la yema, declaraba doña Pilita:
No te digo, si aquí esta, a alguien le caes bien mal, y señalando el punto, ¡pero si te tienen envidia!
Si se veían unos filamentos largos, que flotaran en el agua…
¡Si hasta tienen una foto tuya, con velitas ya!
Si el agua se veía muy turbia, eran “puras malas corrientes” y…
¡Has de haber pasado por donde hubo un accidente o un pleito! Pero no te preocupes, que ya todo va saliendo de tu cuerpo, con 3 curadas tienes, ya veras.
Y la piedra pómez, después de curar con ella, la ponía en las brasas a calentar; luego con unas tenazas la tomaba y empezaba a leerla.
Sacaba infinidad de historias, de lo que “veía en la piedra”.
La más impactante, era cuando aseguraba…
Aquí se ve un ataúd. Si no hubieras venido, dentro de poco, ya te estaríamos cafeteando.
Y doña Pilita, la hiba pasando, con penurias, pero sacaba para el “chivo diario”, con los grandes poderes de sugestión, que había que reconocerle, los tenia y en abundancia.
Su esposo era el encargado de regar plantas, cuidar gallinitas; después de las curaciones, el quemaba con la basura, todas las yerbas, que se habían utilizado.
Doña Pilita, contaba que en las noches, se daba ella misma, una “barrida”, para quitarse cualquier daño, que su cuerpo hubiera recibido, por haber ayudado a las personas.
Yo jamás vi discutir, pelear a ese matrimonio.
Marchaban por la vida con sencillez. Se deslizaban como las aguas mansas de un arroyo, apaciblemente, en armonía.
El solar seguía en pleito, que si unos herederos eran los dueños, que si los otros.
A doña Pilita, después de mas de 20 años, de haber muerto los dueños originales, le llego de mano de un abogado, una orden de desalojo.
Tenían dos opciones, o se salían a la voz de ya, o pagaban la renta, de muchos años e interés sobre interés, del cuartito aquel, achaparrado, que tenias que agacharte para entrar, con piso de tierra, lamina de cartón enchapotado, reforzada con plásticos , y paredes de puro retaceado, entre madera podrida, apolillada y pedazos de lamina, de latas de manteca.
La casa grande, vacía, desde que murieron sus dueños, amenazaba con caer por lo viejo, y un buen día, vinieron trabajadores, mandados por los herederos, y la terminaron de tirar. Quedaron como mudos testigos, los escalones.
Les hizo falta un marro, para poder destruirlos, y de plano, en un solar tan grande, en cualquier montículo se disimulaban.
Doña Pilita y su esposo, comentaron los amagos del licenciado a unos sobrinos que vivían en ciudad Mante, y ellos, les dieron un rincón de casa, en aquel lugar de Tamaulipas.
Nos despedimos con lágrimas en los ojos; es bonito tener buenos vecinos.
Yo los llegue a tratar por muchos años, casi desde que tenía uso de razón.
Los herederos, con el “tucuruchito” vacío, lo tumbaron, casi casi con solo el soplo de su aliento.
Pero continuaban en juzgados, en que si, en que no; en que seria mejor vender el solar.
No, porque les tocaría de a borona, ya eran muchos los descendientes.
Como murió la primera, segunda y tercera generación de descendientes, todo se complicó mas.
Y estaban pendientes con el municipio los pagos por la introducción del drenaje al solar, así como por la pavimentación de los tres lados de calle que les correspondía; que daban una cantidad respetable de metros, que tenían que pagar los futuros dueños de aquella propiedad.
Y pasaban los años, y el solar enmontándose...(continuará)

martes, 27 de julio de 2010

Vidas entrelazadas ( 12 y final )




Mi hijo el mayor se casó primero que todos, y pronto tuve nietos, tres.
Cuando tenía 41 años enfermo gravemente del hígado.
La libró muy apenas y salió del hospital, con un temblor en las manos, extremadamente pálido; con la orden estricta de tener mucho cuidado de su salud.
Una tarde, que los fui a visitar, vivían como a seis cuadras de mi casa, en un solar que habían comprado, encontré a mi hijo, tirado en el piso, solo.
Su mujer, se había llevado a sus hijos, a visitar a sus abuelos maternos en Jalapa, y mi hijo, ya tenia días sin comer y con los ánimos bien apachurrados.
Lo convencí de llevármelo a mi casa.
Estuvo dos meses en cama, con sueros, vitaminas y medicamentos.
Pero ya era muy tarde.
Empezó con vómitos de sangre, y cuando hiba al baño, hacia pura sangre prieta; como si el hígado, se le saliera poco a poco.
Su mujer y sus hijos, al llegar de vacaciones, me ayudaban a cuidarlo.
Mi esposo y mis otros hijos, ya casados, estaban al pendiente, de lo que se le ofreciera a mi hijo el mayor.
Mi hijo Mateo, tenia un perro, de unos seis años de edad, de raza corriente, cruzado con de la calle; el animalito se pasaba todo el tiempo, por fuera del cuarto de mi hijo, echadito, bajo la ventana, donde su dueño estaba moribundo.
Una noche, escuché al pájaro muertero, cantar, estaba parado en los cables del teléfono; se oía su acompasado ¡clap, clap!; que anunciaba la llegada de la muerte a una casa.
A nuestra casa.
Salí, me brotaban lagrimas de rabia, y lo apedreé, diciéndole, ¡lárgate, ave de mal agüero!
¡Lárgate, mi hijo no se me va a morir todavía!
Por la mañana, mi hijo Mateo, me pidió, que le tendiera algo en el suelo porque sentía que la cama, lo cansaba mucho.
Una comadre, con mirada triste, me explicó que es porque el cuerpo ya pide suelo, tierra. Ya quiere descansar.
Ese día murió mi hijo, mi primer hijo.
Solo tenía 42 años de edad.
Sentí un dolor tan grande, que ha nadie se lo deseo.
Ni a mi peor enemigo.
Al ver como lo sepultaban, saque fuerza de flaqueza, y en lugar de reprochar al Cielo, el porqué de la situación, sólo gritaba con inmenso pesar:
¡Dios mío, tu me lo diste, tu me lo quitaste ¡
¡Hágase tu voluntad ¡y ¡ Ten piedad de mi ¡
Se hizo el rezo del novenario en mi casa.
El perrito, tan fiel a mi hijo, no se hiba a casa de mi nuera y nietos.
Seguía por fuera del cuarto donde falleciera mi hijo.
Dejo de comer, y muy poquita agua tomaba.
Como al mes, murió el perrito, tal vez de tristeza.
Mi nuera, aun no cumplía el año de viudez, y abandono a sus hijos; un varón de 17 años, el de 14 en secundaria, y la niña, de 15 años, para irse a vivir con “un nuevo amor”.
Mis nietos, no quisieron seguirla.
Al año y meses de que murió mi hijo, mi esposo enfermo gravemente.
Ya tenía tiempo que se agitaba al caminar; le habían detectado angina de pecho, y tomaba sus medicamentos para eso.
Pero cada vez más, le faltaba la respiración, como que se ahogaba.
Después de varios estudios, una noticia terrible. Ahora también le diagnosticaron enfisema pulmonar, y es que por años, había fumado en demasía.
No se quiso internar. Para que, si para lo avanzado de su enfermedad no existía remedio.
Ya había interrogado a su nieta la doctora, y le había dicho: a mi háblame derecho, no me andes con tantos rodeos, ni con chuchulucos.
Estuvo con suero, medicamentos dilatadores de los bronquios, expectorantes y oxigeno; todo en nuestra casa.
Después de pocas semanas, se fue agravando cada vez más.
Los últimos días, pedía tenernos alrededor de su cama; a nuestros hijos y a mi.
No nos quería parados por su cabecera.
Decía: No, ¡aquí, donde yo los vea!
Si por eso no me quise internar.
Quiero que sea lo último, que mis ojos vean.
A mi esposa, y a mis hijos.
A mi me dejo instrucciones, de cómo debía manejar el hogar.
En sus últimas platicas, me recalcaba:
Ya no eres la mujer sola con un hijo pequeño, que conocí viviendo en casa de tu hermana Goya.
Ahora te dejo donde vivir. Y con bastantes hijos, todos casados y con estudios.
No creo, que tengan el corazón tan duro, que un vaso de agua, y un taco de comida te nieguen.
Ahí te encargo a mis muchachitos, tenles paciencia; pero que te digo, si tu mejor que nadie los conoce.
Y murió mi viejito, dejándome tan triste.
Fue mi compañero amoroso y comprensivo, durante casi 40 años.
Además, un hogar se sostiene en dos pilares; y en el nuestro, el mas grueso, ya había caído.
Ahora, me tocaba a mí ser fuerte.
Se hizo el novenario en la casa.
El ultimo día, el de la levantada de la cruz, me metí al cuarto, que por tantos años escucho nuestras confidencias, para buscar unas cosas que hacían falta, y encontré a uno de mis nietos, el de 4 años de edad, cuyos padres, son uno de mis hijos y mi nuera; ellos andaban acomodando las sillas para recibir, a los que nos iban a acompañar, en el ejercicio religioso.
Veo, que el pequeño, mira fijamente el lecho vacío, y mueve sus labios de manera casi imperceptible.
Le pregunte, ¿que haces Betito?
Y su contestación, me conmovió.
Que platicaba con su abuelito, y señalándome la cama, me narraba mi nieto, ahí esta mi abuelito, y me esta dando muchos consejos, que me porte bien, que obedezca a mis papas, y que los quiera mucho.
También me dice, que siempre estará cuidándola, abuelita.
Recordé, como de niña, yo también podía “ver”.
¡Como quisiera poder hacerlo de nuevo!
¡Tener esa inocencia!
Tome a mi nieto de la manita, y le pedí que me acompañara a rezar por el alma de su abuelito, ya que un buen niño debe ser, tal y como se lo acababa de pedir su abuelito.

viernes, 25 de junio de 2010

Vidas entrelazadas ( 11 )


Meses antes de cumplir 18 años, nos inscribimos mi hermana Lupe, que era la mayor, y yo, en un concurso, que habría en la estación de Radio XETU, en Tampico.
Se calificaría por medio de votación.
El locutor anunciaba en ese programa los cigarros Montecarlo.
Ibamos a ensayar en ese programa antes del certamen, y nos corregían, señalándonos si presentábamos algunos errores.
Y yo participé con un tango, “El tango arrepentido”, y solo recuerdo que va así:

Un día te alejaste de mi lado,
sin dejarme ni un amor, ningún consuelo;
y con dolor, mi pobre corazón,
mi fe, mi corazón, toda mi vida,
la halle perdida, al encontrarme
sin tu amor.
Supe que te fuiste detrás de otra mujer…

Y como me decían mis hermanos, me arrepentí de haber concursado con ese tango. Porque de repente, mi mente quedo en blanco, y para mi vergüenza, se me olvido la letra, al estar concursando.
Mi hermana Lupe, tampoco tuvo suerte, ella desafino.
En ese certamen, ganaron “Las 3 Conchitas”, ellas cantaban puras piezas románticas.
Entraban siempre al escenario, cantando “somos conchitas del mar, de la playa de Tampico”.
Mis hermanas mayores se casaron, solo quedábamos solteros mi hermano Anselmo y yo,
Y decidí irme a vivir con un joven, que prometió quererme toda la vida.
Tuve a mi hijo Mateo.
A mi “amorcito”, le habían brotado los defectos como hongos, pero yo los aceptaba con resignación. Porque mi hijo solo tenia 2 años y necesitaba de su padre.
Una noche, llego tomado, trastrabillando, y gritando, ¿qué me ves?, ¿qué me ves? Y ¿soy o me parezco?, me dio tal andada de golpes, que en ese momento decidí abandonarlo.
Ya sabía, a lo que se expone uno si acepta, que lo golpeen.
Me refugie en casa de mi hermana Goya. Ella casada, y con dos hijos, me brindó el respeto de su hogar.
Me mantenía trabajando, como dependienta de un negocio.
Después de 3 años, conocí a alguien, que parecía una calca de mi vida.
Solo, con una hija, pero esta de 18 años, y también, como yo, se había quedado huérfano de niño.
Habíamos vivido tan cerca, el en la Hipódromo, yo en la Vicente; en mas de alguna ocasión habremos viajado sin conocernos, juntos pero no revueltos, en el mismo tranvía.
Y entrelazamos nuestras vidas.
Con el firme propósito, de darles a nuestros hijos, los que ya teníamos y a los futuros, lo que nosotros dos no tuvimos.
Un hogar.
Donde se sintieran aceptados, tal y como fueran, respetados, amados.
Donde tuvieran padre y madre.
Nos casamos, y poco tiempo después, la hija de el, que continuaba viviendo con sus abuelos, se casó también.
Y cada dos años, yo tenía un hijo.
Hasta completar diez en total, siete mujeres y tres varones.
Como me daba gusto guisar grandes ollas de comida, para mis muchachitos, que al llegar de la escuela, se lavaban las manos corriendo, y aterrizaban en el comedor.
Me agradaba tenerles su comida caliente a sus horas; que no se les fuera a pasar el hambre.
Mi esposo, agradecía siempre a Dios, por los alimentos que estaba sobre la mesa, y a nuestros hijos les decía, denle las gracias a su mamá, porque ella preparo la comida.
A mi viejito, y a mis hijos, siempre los tenia limpios y planchaditos sus ropas, tan bien almidonadas, que al caminar, se escuchaba ¡chac, chac! Por el roce de las telas.

martes, 15 de junio de 2010

Vidas entrelazadas ( 10 )


Tiempo después, me inscribieron en la escuela “Leona Vicario”, era para puras mujeres, los turnos eran de mañana y tarde, yo en la mañana.
Era de madera, como una cuartería.
Ya estaba la escuela Isauro Alfaro, de concreto.
En los fines de semana, le ayudaba a mis tíos con sus puestesitos, ya que tenían 3, dos frente a un cine, y uno en casa.
En esos puestesitos, se vendían cigarros de distintas marcas, como Montecarlo Extras, Montecarlo del # 20, que eran más económicos, y los cigarros de hoja.
También vendíamos chocolates, chicles, nueces, cacahuates, semillas, dulces y frutas.
Mis tíos, si había buenas ventas, me recompensaban con unas monedas.
En la escuela, yo era muy nombrada, porque entre las hojas de mis libros, llevaba moneditas de 10 y 20 centavos de plata, con los que invitaba a mis amigas, rebanadas de coco y de sandia.
Pero en tercer año, de primaria, me fastidio la escuela.
Ya no quise asistir.
Mis tíos me animaban, a terminar la primaria, pero yo ya había descubierto el valor del dinero.
Y francamente, era casi todo el día, lo que tenía que estudiar. Y de ahí, no salían moneditas de plata.
Me dediqué a atender de lleno, los puestos de mi tío, como los 2 que estaban cerca del cine Juárez, que estaba ubicado frente a la Cruz Roja.
También había otro cine, “El Obrero”, que estaba cerca de la escuela Isauro Alfaro, por la Obregón.
También, empecé a ayudar a mis vecinas, en los mandados, y recibía buenas propinas.
De ahí, que mis tíos, me llamaban afectuosamente, como la “buscavidas”.

lunes, 3 de mayo de 2010

Vidas entrelazadas (9 ) Castigos en 1930


Mi papá esporádicamente nos visitaba, y a mis tíos, una muy pequeña ayuda, daba para el gasto.
En un cuarto de techo alto, acostumbraba dejar alguna ropa, colgada de unos clavos.
Y tardaba, para volver a ocupar aquella ropa.
En una de esas visitas, mi hermana Goya, que tendría unos 7 años, vio que mi papá traía pesos de plata.
Al paso de los días, urdió subirse a una silla, para alcanzar el saco de mi papá y tomar dos pesos.
Me invitó a mi, a ir con unas amigas suyas, y gastarnos aquel dinero, en dulces y golosinas al por mayor.
No logramos comernos tantos confites, y regresamos a la casa, con las bolsas de nuestra ropa, todavía llenas con lo comprado.
Y empezó el interrogatorio.
-¿De donde agarraron el dinero, para comprar eso?
Mi hermana Goya, nombro a una señora, que era muy amable con nosotras, pero como su marido era un borrachito incorregible, que no dejaba ni para los gastos de su casa, mis tíos no le creyeron.
Llegó en ese momento del interrogatorio, mi papá, y le preguntaron si no le faltaba algún dinero.
¡Y si le faltaba!
Yo me defendía, con “no pos, yo no, fue ella”, y señalaba a mi hermana.
Y mi hermana Goya, “pero bien que me acompañaste, y de todo comiste”.
Nos salieron muy caros esos dos pesos de plata.
Primero, una buena tunda, y luego, nos hincaron en el centro de la casa.
A mi hermana Goya en cada mano, le pusieron una plancha de carbón, vacía, pero no por eso dejaba de pesar.
A mi, por ser mas pequeña, solo unos ladrillos en cada mano.
Mis tíos, se sentaban por turno, para vigilar, que se llevara a cabo el castigo.
Solo me dejaron un par de horas castigada; a Goya más tiempo.
Ella suplicaba:

¡Ya levántenme el castigo!

¡les prometo no volverlo a hacer!
Y mis tíos, impasibles, “No, te falta mucho todavía, para que a la otra lo pienses muy bien”.
“Quien dijera, una niña de 7 años, y tan langara”.
Ya cuando nos levantaron el castigo, nos advirtieron, que por ser la primera vez, nos habían puesto un castigo suave, pero que para la otra, con las mismas planchas, pero calientes, nos quemarían las manos.
Desde luego, si les creímos.
Si por unas maldiciones, dichas por mi hermana Obdulia, la Dula, de 9 años, le restregaron un carbón caliente en la boca.

viernes, 16 de abril de 2010

Vidas entrelazadas ( 8 ) Mamá me quería llevar



Yo tenía en ese entonces, 5 años, y una vez que quemaban ramas en el patio, vi como mi mamá, me llamaba, parada al centro de las llamas.
Me quise meter a esa hoguera, pero mis tíos me lo impidieron.
Cuando por las mañanas, empezaba el trajín, en un cuarto, empezaba a desenredar con dificultad mi cabello, mi mamá se me aparecía, y con mucho amor, tomaba ella el cepillo y me peinaba, dejándome inmensamente feliz, por haber estado con su compañía.
Me hizo prometerle, que ha nadie le contaría que ella seguía en la casa.
Pero mis hermanas mayores, maliciaban que algo estaba pasando.
Porque deseaba tanto estar a solas en ese cuarto, y como le hacia para quedar mejor peinada, que ellas.
Se pusieron a espiarme, y pusieron en aviso a mis tíos, que yo hablaba sola, y que me imaginaba a mi mamá.
Dieron en cerrar con llave ese cuarto.
Aunque lloré a grito abierto, de nada me valió.
Mis tíos dijeron, que como mi mamá ya se había llevado a una de sus hijas, ahora también quería llevarme a mí.
Mejor vendieron el solar, con su casa de madera, y compraron otro, por la calle Francia.
La nueva casa, también era de madera, y tenía el techo de lámina, con piso de “machimbre”, pintado de amarillo.
Cuando íbamos a un mandado, a unas cuadras de distancia de la casa, mi tía escupía el piso, pisaba esa humedad, y nos advertía, tienen que volver con lo comprado, antes de que se seque la saliva. Recuerdo que estaban “El Otoño”, donde hoy es el “Fénix”, el de la plaza Vicente.
El negocio “El Levante”, por la 13 de Enero, que era tienda, molino y tortillería.
Y la botica “El Obrero”, por la primero de mayo, después esa esquina fue panificadora, y actualmente, una casa de empeño.

lunes, 12 de abril de 2010

ni ha reintegro llegamos

el número ganador fue el 4673 y el signo acuario,

asi que ni ha reintegro llegamos.

gracias por su atención.

viernes, 12 de marzo de 2010

Vidas entrelazadas ( 7) ( la niñez de una maderense a principios del siglo pasado)



Nací en el año de 1925, en Doña Cecilia, hoy Ciudad Madero.
Mi familia estaba compuesta, por mis padres, y nosotros, seis hijos.
Vivíamos en la colonia Vicente, cuando las calles eran de pura arena blanca, y había mucha hierba en los solares, de la llamada saladilla.
Ya había agua potable, pero para tomar agua, preferíamos comprar la que traían en latas, los carretoneros, que era agua de vapor, de Refinería o de Talleres.
La leche, se vendía en cantaros grandes, que eran transportados en caballos.
En nuestra casa, al frente, colgaba un letrero, que decía, “Música de Jazz” y mi papá, era el que hacia los contratos, por ser el dueño del conjunto.
Practicaban en un gran cuarto, las melodías, y se impregnaba el ambiente, con los sonidos de la tambora, banjo, violín, cornetín, contrabajo…
Pero éramos una familia numerosa, como para poder sobrevivir con solo las entradas del talento artístico de mi papá.
Así, que mi mamá, empezó a trabajar.
Papá pasaba muchas horas del día, sin la compañía de mi mamá.


Y no faltó, quien se acomidiera a hacerle más placenteros sus ratos libres.
Al saberlo mi madre, solo basto que le dijera a mi papá, “me han contado, lo que haces mientras estoy trabajando” para que recibiera tal tranquiza, que estuvo en cama, con accesos frecuentes de tos, que la ahogaban, y vómitos de sangre.
Solo abandono el lecho, para ser velada, en casa de mi abuelita Evarista.
Mis tías Raymunda y Magdalena, primas-hermanas de mi abuelita, que vivían en Tampico, vinieron al velorio, y a mi papá, lo maltrataron bien y bonito, que hasta de guantadas le dieron.
Pero eso no quito, el que habíamos quedado huérfanos de madre, seis criaturas, la mayor de 11 años.
La más pequeña, solo tenia 10 meses de nacida, se llamaba Mariquita, de ojos azules, pelo rizado, del color de los pelos de elote.
Nos quedamos a vivir con unos tíos, los cuales eran muy estrictos y secos. Eran así, porque mi abuelita, los crió parcos de cariño.
Si nosotros sus nietos, queríamos ser cariñosos con ella, nos apartaba con brusquedad, y replicaba:
¡Aplácate, aplácate!, ¿No ves que esos son besos del diablo? Si está escrito, como Judas, traiciono a Nuestro Señor con un beso.

Así, que ya se imaginaran como eran mis tíos.
Mi hermanita Mariquita, solo duró un poco más del mes, después de que murió mi mamá.
Aún no tenía el año de edad.
Decían mis tíos, que mi mamá se la había llevado.

martes, 16 de febrero de 2010

Vidas entrelazadas ( 6 )



Tiempo después, nos distraíamos, al asistir al campo de béisbol “H. Morris”, que estaba ubicado a la entrada del 7½. Hubo memorables encuentros, con participaciones de destacados jugadores, como los del equipo ‘Los Bravos de Ciudad Madero”.
Un tío me propuso trabajar en la refinería “La Pierce”, que se ubicaba en terrenos, donde hoy es la P. J. Méndez, esquina con la Avenida Obregón. Era una gran extensión la que ocupaba, porque contaba con grandes tanques de almacenamiento.
Pero yo, como mi padre, llegado el tiempo de ganarme la vida, trabaje en la Planta de Parafina.
En caso necesario, tenia la atención medica en el hospital de PEMEX, que era de madera, y se localizaba, en lo que hoy son los campos de golf.
Me casé, y al nacer mi hija, tocó de nuevo la fatalidad a mi vida, quedándome viudo.
Fue cuando sentí en carne propia, lo que mi padre vivió, al nacer yo.
Me ayudo mi tía Eusebia, a criar a mi bebita.
Continué trabajando, para mantener a mi primogénita.
Por un tiempo, viví en E. U., continuaba mandando dinero para los gastos de mi hija, no dure mucho del otro lado del charco.
Extrañaba a mi familia, a mi hija, las calles de Madero, el modo de ser de la mujer mexicana.
Deseaba tener un hogar, un sitio que fuera mío.
Y no hay mejor lugar, que donde uno nace.
Después del trabajo, los fines de semana, me hiba a distraer; y una noche, que andaba por las calles de la colonia Árbol Grande, distinguí a una mujer, de cabello largo y vestido blanco, que caminaba presurosa.
Recordé la experiencia de mi papá, y como yo me las daba de muy conquistador y valiente, decidí seguirla, con el argumento de que si estaba viva, la cortejaría; si era un fantasma, yo no me asustaría.
Camine mas de prisa, para darle alcance, y ella más veloz, no me permitía fácilmente acercarme a ella.
Solo se escuchaban nuestros pasos, por esa calle, a esas horas de la noche.
Yo empecé a hablarle, “señorita, señorita, no tenga miedo, solo quiero conocerla, platicar, permítame tantito…
Llegamos a una larga barda, y ella empezó a brincarla, en eso yo logré agarrar el borde de su vestido, no lo hubiera hecho.
Volteo a verme, y ¡oh, espanto! tenia cara de caballo.
La solté, horrorizado, terminó de pasar al otro lado de la barda, dejándome ver que en lugar de pies y piernas femeninos, tenía una larga pata de gallo, y la otra, era pata de chivo, y quedó en el ambiente un olor a azufre.
Con tan fuerte impresión, sentí como si me despertara de un letargo, y reconocí, que era la barda del cementerio.
Ya en casa, al relatarle a mi padre mis peripecias, movió la cabeza en señal de desaprobación, y me instó buscar mujer, pero de día, porque de noche, podría encontrar puros sustos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Vidas entrelazadas ( 5 )





También acompañábamos a mi papá a surtir el mandado en Tampico.
Nos íbamos en el tranvía.
De primero, el tranvía solo llegaba a los terrenos, de lo que hoy es la entrada a la Camelia, de ahí se pasaba por un puentecito de madera, a cuyos lados, se vendían recuerditos, como conchitas y caracolitos. Al llegar a la playa, nos recibía el olor a churros y pescado frito.
Posteriormente, el tranvía, tuvo su terminal hasta la playa, y las siguientes paradas, eran la Camelia, Refinería, el 7½, la de la Loma (hoy Col. Hidalgo), la parada del Cangrejo, la de la Vicente, la de la Dinamarca, la del centro de Madero, ubicada frente a la cruz roja, la del Árbol, y de ahí seguían las siguientes paradas a Tampico. Los tranvías eran amarillos, posteriormente se introdujeron unos verdes.
Con un boleto, había derecho a la ida y vuelta, de la playa a Tampico, y viceversa.
Había dos corridas especiales, para los trabajadores, el llamado el doble, porque se unían dos tranvías, que a la altura de donde esta ubicada hoy la clínica, salían del turno; a las 12 del día, 4 y 7 de la tarde.
También había una estación de tren, de la Barra, pasaba por atrás de la Galeana, y llegaba hasta Tampico.
Existía también el tranvía llamado "El 100”, que venia de la playa.
Era de carga de mercancías, como cuando llevaba durmientes, para la reparación de las vías. Contaba con un tanque de chapo, de asfalto, tenia una casetita, con una campanilla, que anunciaba su paso. No levantaba pasajeros, solo durante el tiempo posterior inmediato al ciclón del año 55, que presto sus servicios al público en general, mientras se arreglaban las líneas de luz del tranvía regular.
Nosotros surtíamos la despensa, en la “Casa Nicanor”, que se localizaba frente al “Café Mundo”. Disfrutábamos de las carreras de caballos, que se realizaban cerca de nuestra casa, cada fin de semana, motivo por el cual a nuestra colonia, se le quedó el nombre de “El Hipódromo”.
También había carreras de Go-cars, que eran unas carreras de carros chiquitos, pero solo hubo por un corto tiempo. Y se efectuaban, por donde hoy es informática.
Había por esos terrenos, una poza grande, y los muchachos gustábamos bañarnos en ella.
Hubo ahogados en esa poza, y mi padre, nos prohibió, seguir frecuentando ese lugar.

domingo, 24 de enero de 2010

Vidas entrelazadas ( 4 )



Después de unos años, de nuevo la casita, lucia abandonada.
Comentándose las apariciones de esa mujer de blanco, en las noches por las calles de la Hipódromo, de la Loma, y en la parada del tranvía, en el siete y medio.
A los motoristas, les marcaba el alto, y al detener el tranvía, ya no estaba la mujer.
Mi papá comentaba que no deseaba topársela de nuevo, porque si continuaba con vida, lo cachetearía por miedoso; y si ya estaba muerta, del susto lo dejaría trabado.
Tiempo después, mi papá se casó, y es cuando yo nací, su primer hijo varón.
Mi madre murió de parto, y mi tía Maria, le ayudó a mi papá a criarme.
Mi papá se volvió casar, y nacieron mis cuatro hermanos, tres hombres y una mujer.
Estudiamos en la escuela primaria Art. # 123, la que está por refinería.
En la secundaria nocturna la # 11, única secundaria, aquí en Madero, por esos años.
Mi hermana Cheva, continuó con sus estudios en la “Academia Gregg “.
Fue en esa época, cuando en compañía de sus amigas, se iba a los bailes, era asidua al Casino Miramar, que se ubicaba en la playa, y que tenia el techo de palma. Al Villa del Mar, que era de dos pisos, de madera.
Tocaban las orquestas de los “Gatos Negros “, la “Samuel Pegueros “, “L a Tampico “, “La Marimba Bomberos”, y la “Marimba Cecilia “.
Eran las que “se rifaban “para alegrar los bailes.
Mi hermana Cheva, y sus amigas, también asistían, al ‘Maderos Club “, que estaba arriba, de lo que hoy es ‘La Hogaza”.
Eran los tiempos, en que grupos de señoritas, podían andar de noche, sin temor, de que alguien les faltara respeto.
Mis hermanos varones y yo, nos íbamos a la parcela de un tío; llevábamos un burro, para cargar en el, nopales, calabacitas, aguamiel, y pulque, porque cerca había moliendas de caña.
La parcela de mi tío, estaba por la carretera nueva a la playa, rumbo hacia lo que luego fue el recreativo.
Esas salidas, las llamamos mis hermanos y yo, “ campear’.

martes, 19 de enero de 2010

Vidas entrelazadas ( 2 da. parte )



Se observó que por un tiempo, como de dos años, la casita de esa mujer sufrió deterioros visibles, de abandono.
Se formó una comitiva, de unos 4 o 5 vecinos, y decir vecinos, es exagerar, porque todos los solares eran de 100 por 50 metros; y se metieron a indagar, que había pasado, con esa persona, no fuera, que estuviera muerta, en su interior.
Solo Chole (la soledad), recibió a los curiosos.
Después de esto, al poco tiempo, se encontraron unos huesos, cerca de ese solar, y se dio por asentado, que eran de esa desdichada mujer.
Mi padre, tenia unas vaquitas, que llevaba a pastar diariamente, y en una ocasión, en que se le anocheció, más que de costumbre, regresando por entre lo enmontado, encuentra a esa mujer, como a unos 100 metros, de donde el iba con sus animales.
La aparición le hacia señales de que se acercara.
Mi papá sintió las piernas engarrotadas, como si lo hubieran incrustado con un mazo, en el suelo.
Si no podía correr, menos caminar.
La mujer de blanco, al notar que mi padre no se movía, empezó a acercarse a él.
A mi papá las mandíbulas, se le trababan, y no acertaba a responder ante aquella mujer de blanco, que cada vez estaba mas cerca de el.
Cuando la tuvo tan cerca, que casi podía tocarla, logro dificultosamente pronunciar las siguientes palabras:
-¿Eres wüila o wüilota?
Y par de cachetadas, recibe como respuesta.
Con el tratamiento, logra hablar mas claro, y repite la pregunta:
-¿Eres de esta vida, o de la otra?
Y la mujer, a carcajadas, le responde que de esta vida; pero que si aun lo dudaba, otro par de cachetadas, se lo confirmarían.
Mi papá siguió su rumbo, razonando, que con esa mujer, mejor de lejecitos.
Después de unos años, de nuevo la casita, lucia abandonada.
Comentándose las apariciones de esa mujer de blanco, en las noches por las calles de la Hipódromo, de la Loma, y en la parada del tranvía, en el siete y medio.
A los motoristas, les marcaba el alto, y al detener el tranvía, ya no estaba la mujer.
Mi papá comentaba que no deseaba topársela de nuevo, porque si continuaba con vida, lo cachetearía por miedoso; y si ya estaba muerta, del susto lo dejaría trabado.

miércoles, 13 de enero de 2010

CADENA DE ORACION POR JESSI

Pidamos de todo corazón por la salud de nuestra amiga Jessi, una chiquitina todo candor que nos une en esta petición.

La Cadena de Oración está encabezada por Christian,Sandra,Estrella,Gata Coqueta,Aire de Alhena y muchos más blogueros que queremos mucho a JESSI y que está luchando muy duro por su salud.

Pido que se haga realidad la siguiente cita de la Biblia en Deuteronomio 7:15


Y QUITARA JEHOVA DE TI TODA ENFERMEDAD.

asi mismo, deseo que Dios les de fortaleza a sus padres.

miércoles, 6 de enero de 2010

Vidas entrelazadas( 1 ra. parte)



VIDAS ENTRELAZADAS

Nací en el año de 1918, en Villa Cecilia, hoy ciudad Madero.
Mi padre llegó aquí, huyendo del movimiento revolucionario; una hermana le había sido arrebatada, en una incursión de fuerzas armadas.
El era oriundo, de un lugar cercano a Rio Verde.
En ese lugar, antes de escapar, mi abuelo y el, enterraron, el cuero de un becerro, retacado de monedas de oro.
Y a pesar de las innumerables ocasiones, en que mi abuelo y mi papá, volvieron y buscaron ese tesoro, no lo pudieron encontrar.
Que dizque, porque lo enterrado, siempre cambia de lugar, como que camina.
Comprobando, que del oro, ni sus luces, papá trabajó en la fábrica de latas.
Posteriormente, en la Planta de Parafina, donde lo dotaban con unos zapatos de madera, macizos a morir.
Cuando aquí, abundaban los zacatales, sobre todo el “Guinea”.
Había bailes, de continúo, y así, también de continúo, eran los hallazgos de cadáveres, en los montes.
Por lo regular, de gente, que nadie podía identificar, por ser un tiempo, donde muchas personas del interior del país, llegaban a estos lugares, buscando trabajo.
Existía una mujer, que viviendo sola, en una muy pequeña casita de madera, rodeada de altos matorrales, intrigaba; por no mantener amistad con nadie, y no notársele, de que se mantenía.
Jamás, se le vio en compañía alguna, ni de hombre, ni mujer, niño o anciano. Era todo un misterio esa mujer.
Gustaba siempre andar con vestido largos hasta el tobillo, invariablemente de color blanco. Y sus cabellos largos, sueltos, cayendo por su espalda, como invitando al amor, al moverse al ritmo de su cuerpo altivo, y que provocaba, ardientes evocaciones...

Portada del libro "Más allá"

Portada del libro "Más allá"
Camino de Amor Infinito
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