viernes 13 de noviembre de 2009

Ahí nos vemos


En mi graduación como enfermera general.
Fotografía del antiguo Hospital Civil "Dr. Carlos Canseco" de la ciudad de Tampico,Tamaulipas,lugar donde yo hice mi servicio social como enfermera general,egresada de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.



Edificio que ya no está en servicio como hospital.







AHÍ NOS VEMOS

(Este relato, fue redactado con la participación de mi esposo,por eso está en masculino el personaje que narra este cuento).

Un fin de semana, esperaba un taxi, en una esquina, justo frente a un hospital abandonado.
Pasaron los minutos, muy lentamente, para mí, que ya deseaba llegar a casa.
Era muy entrada, la noche, pero me había divertido tanto, en una reunión, de ex-compañeros, de la facultad, había tantas cosas por platicar, como ¿dónde ejerces?, ¿qué ya te casaste?, y ¿qué me cuentas, de aquel despistado?, que bien valía, la pena, estar, en ese momento, en aquella calle, solitaria, tenuemente iluminada, por una lámpara mercurial.
Me parecía increíble, que hubiera pasado pocos taxis, y para variar, ocupados.
Mire la hora, en mi reloj. Marcaba la 1:20 de la madrugada.
Siento desazón, al tomar conciencia, de mi situación vulnerable.
Puedo ser presa fácil, de un acto vandálico.
Alrededor, del hospital, varios negocios, fueron cerrados, por bajas ventas.
Observe el deteriorado cascaron, trato de imaginarme, como seria, cuando sus puertas, estaban abiertas, a todo aquel, que lo requiriera.
Cuando el ulular de las sirenas, anunciaba, la llegada de un herido, y por que no, de un nuevo ser a este planeta.
Tan absorto, estaba en mis cavilaciones, que no me di cuenta, en que momento, llego otra persona, a la esquina, donde yo me encontraba.
Era una mujer, de grata presencia, que notando, mi momentáneo sobresalto, me saludo con una inclinación de cabeza, y me comento, que observo, que me quede mirando al hospital en ruinas.
Y agrego, lastima, que ya no este en funcionamiento el hospital, antes, estaba todo tan iluminado, e infinidad de personas, transitaban estas calles, noche y día.
Comento, que hace años, eran atendidos, no solo pacientes de la zona conurbada, sino de poblaciones mucho mas retiradas, donde no existían ni los profesionistas suficientes, ni las instalaciones apropiadas, para tal cantidad de partos, operaciones y hospitalización.
En el departamento de trabajo social, se atendían muchas solicitudes, para reducir, los cobros por el servicio otorgado.
Y aunque se hacían grandes descuentos, tomando, en cuenta la situación económica, del que los solicitaba, siempre, había un considerable número de pacientes, que ni la cuota mínima, de recuperación, podían liquidar.
Entonces, acudían, con un venerable benefactor, que tenia, una Quinta, en un rancho. Ahí, amablemente, eran atendidas, caso por caso.
Nadie, se iba de ese lugar, sin resolver, sus necesidades mas apremiantes.
Ese protector de los humildes, aunque ya no se encuentra físicamente, existirá, eternamente en el subconsciente colectivo, de toda la zona, donde se hizo palpable, su ayuda desinteresada.
Al escuchar estas observaciones, dichas tan vehemente, por la mujer, que acababa de conocer, mi curiosidad rebaso los límites de la prudencia, y le pregunte, si alguna vez, estuvo en el interior del hospital, cuando aun estaba en funciones.
Su amplia respuesta, me dejo sorprendido.
Señalándome, aquel edificio a obscuras, me relato, que trabajo como enfermera de ese lugar.
Y que la jefa de enfermeras, las rolaba por las diferentes salas.
Y esto es parte, de lo que me siguió contando aquella noche:
En la sala de esterilización, existían un par de viejos esterilizadores, que de milagro, un día no explotaron.
Eran como enormes ollas de presión, de capacidad, de unos doscientos litros cada uno.
Sus indicadores de presión, se movían, como limpiaparabrisas, de días domingueros lluviosos, en una danza sinfín.
Y que de ruido hacían esas maquinas.
Traqueteaban. Pitaban, y solo con expertos golpes dados, en sus tubos, se obtenía, un acompasado puf-paf, que era la señal, de que todo marchaba, como se debía.
Eran pocas, las enfermeras, que conocían, como dominar, a esas bestias. Mis respetos, para mi amiga Olivia Lam, que en sus largas guardias, lograba sacar el trabajo, con una eterna sonrisa, chispeando sus ojos, divertida de mis temores, de salir, hecha pedazos por los aires, de esa área del hospital.
En la sala de cuneros, observe, que todos los seres humanos, somos como somos, desde que nacemos.
Algunos recién nacidos inquietos, siempre se destapaban.
Se ponían en las posturas más caprichosas; otros eran tan calladitos, tranquilitos, que era necesario, al llegar la hora de darles el biberón, despertarlos.
Y sus pielecitas, tan suaves, con un olor a tan nuevo, tibiecitos, que daban ganas de tenerlos abrazados por mucho tiempo…
Y tiempo es el que no había. Llegaban y llegaban bebes de la sala de partos, como por encargo.
En la sala de pediatría, eran comunes, los reingresos por deshidratación, parasitosis y desnutrición.
En el pabellón de transmisibles, se atendían mayormente, casos de hepatitis, rabia y tétanos (o mal de arco).
En hospitalización, dividida, en sala de hombres, y sala de mujeres, era posible, conocer, un poco más a los pacientes. Platicar con ellos.
Y así fui recorriendo, todas las salas de ese hospital, atendiendo a los pacientes, y madurando emocionalmente.
En un hospital, siempre hay mucho trabajo.
Había ocasiones, que durante el paso de la noche, algunos pacientes, nos comentaban, que vieron a una enfermera, con un uniforme diferente, al que traíamos el resto del personal de enfermería.
Nos describían a la enfermera, de pelo largo, caminar silencioso.
Y que acudió, ya sea a darles un vaso de agua, una pastilla para el dolor, colocarles mejor las cobijas, o darles unas palabras de aliento, para que no se sintieran solos, en un lugar tan extraño para ellos.
Cuando nos preguntaban, que donde estaba esa enfermera, cual era su nombre, aunque nosotros ya sabíamos, que eran apariciones, algo común en todos los hospitales, no alarmábamos a los pacientes.
Solo, les hacíamos el comentario, de que habían mandado, a la sala, por esa noche, a una enfermera más, para auxiliarnos.
Y añadíamos, mentalmente, al sentir el cansancio de la guardia:
-¡Bienvenida compañera!, ¡Este es tu lugar!
Siempre, se agradece todo tipo de ayuda.
Suspira la enfermera, que me estaba narrando, como eran las rutinas, en ese hospital, y nos quedamos, unos momentos en silencio.
Escuché el claxon de un carro y al voltear a ver, descubrí que era un taxi, y que estaba libre.
Le hice la parada, y le dije a la enfermera, que lo abordara.
Me contestó, no gracias. Ya estoy de regreso, de una guardia hospitalaria, y al sitio, al que me dirijo, esta muy cerca.
Cuestión de unos pasos más.
Adiós, y cuídese, joven.
Me despedí rápidamente. Aborde el taxi, y cuadras mas adelante, le comenté al taxista, que la enfermera que estaba conmigo en al esquina, me platicoó como en el viejo hospital, muchas vidas se salvaron.
El taxista me miró por el espejo retrovisor, como si yo estuviera mintiendo, y preguntó: ¿cuál enfermera?
Yo le expliqué que no andaba con el uniforme de enfermera, que era una mujer, vestida, con ropas de salir, y que charlamos, durante mucho tiempo, de cuando trabajó como enfermera, en ese hospital.
El taxista replicó, estaba usted solo, en esa esquina.
Yo, muy molesto le afirmé, que era cierto lo que le decía, que es más, mi reloj no mentiría.
Que en ese momento, le diría exactamente cuanto tiempo había durado, con esa enfermera platicando.
Mire mi reloj, y un escalofrió recorrió mi espalda porque en el, solo se marcaban escasos dos minutos de diferencia.
El taxista repitió: usted, estaba solo señor.

viernes 6 de noviembre de 2009

Breves del libro "Cuentos de Entorno y Retorno"



PUNTO

Había unos cuentos,
que solo de día, se debían leer.
En la oscuridad,
se escuchaban.
Fueron enterrados, en lo más profundo.
Una noche, pegué mí oído al suelo.
Y aquí están para ti.




COMILLAS

Si alguna persona, en los siguientes escritos,
se siente reflejada,
y cree, que es uno de los personajes,
por favor, comuníquese conmigo,
me encantara conocerla.







PARÉNTESIS

Tiene el poder de cambiar
su tamaño a voluntad
cuando se hizo pequeño,
tan pequeño.
solo con microscopio láser
lo podían observar.
Ahora, que se hizo grande,
todavía, no lo pueden hallar.


INTERROGACIÓN

De noche
se quitaba el cuerpo,
y vivía.
De día,
se quitaba el alma,
y todo lo conseguía.







COMA

Juntó todas sus cosas,
las aprisionó con fuerza,
exprimió, hasta que escurrieran palabras,
y el gabazo, lo tiró.








PUNTO Y COMA


Y después de leer cuentos,
de todas las épocas,
de todos los estilos,
supo, que solo le faltaba leer,
un grupo de cuentos,
aquellos que brotaran,
de su corazón.




ADMIRACIÓN

Cuando llegó el tiempo exacto,
y pudo encontrar
lo tan anhelado,
se dió cuenta que en múltiples formas,
siempre a su lado
había estado.




INCISO


Yo no vine a aprender,
sino a olvidar,
y con tantos recuerdos,
que retornan,
me tengo que retirar.


GUION

Recuerda que en los cuentos
todas las cosas se dicen al revés,
y si crees que son inventos
recorre estas páginas otra vez.




martes 27 de octubre de 2009

Abuela ( 3 ra. y final )


( foto de mi abuelita Luz Orozco León Vda. de Mayorga )
Mi abuela, me leía los cuentos, conmigo sentada en sus rodillas, señalándome con un dedo, los dibujos.Cuando por primera vez, iba a depositar, una historieta en mis manos.Me explicaba, paso a paso, en que consistía la trama.Al terminar, se iba a su quehacer cotidiano; y me dejaba en libertad, de hacer lo que quisiera con las revistas o cuentos.


Tomando en cuenta, que yo aun no sabia leer, podría doblarlos, recortarlos, rayarlos, pintarlos, o solo mirarlos.Tenía libertad absoluta, sobre el destino de esas revistas.Yo hojeaba y hojeaba, mirando los dibujos, tratando de recordar, lo que me había explicado mi abuelita.


Pero para mí, todos esos dibujos, repasados hasta el cansancio, me era posible verlos, en una especie de tercera dimensión.Cada personaje, de cada cuadrito adquirían vida, hablaban, se movían, y yo platicaba con ellos.Cada que volvía a hojearlos, actuaban diferente, así como sus platicas y en conclusión, sus desenlaces, también, eran de lo mas inesperados.


Hubo veces, como en el cuento de la mano gigante, que me metí a las páginas, y corrí, huyendo de la mano, junto con los demás personajes, de ese drama.Es decir, que yo entraba y salía, de los cuentos y revistas, por mi voluntad.Para mí, eran tan reales, como lo que vivía con mi abuelita.Podía estar sentada, con una revista abrazada contra mi pecho, riendo a más no poder, por todas las aventuras, que había experimentado.


Mi abuelita, era mi confidente.Ella lavando y preguntándome, ¿y que paso, hijita?¿Y que hiciste tu?Ella guisando, me llamaba, y pedía que le narrara, como se estaban portando, en tal o cual revista, sus protagonistas.Y agregaba de su cosecha, un fíjate que hace mucho, paso un caso muy parecido. Te lo voy a contar. Escucha bien, pon atención.


Llegó el tiempo de ir a la escuela.Me inscriben.La maestra, nos pone a hacer planas y planas de bolitas, palitos, remolinitos, pinitos…Luego, nos hacen dibujar, una bolita roja, con un palito verde, y debajo ponerle las palabras, la manzana es roja.O dibujábamos, un círculo amarillo, con palitos alrededor, y escribir debajo… el sol es amarillo.¡Que aburrido!Y de pilón, dejaban planas de ese trabajo, como tarea.
Por fin, llegaron las vacaciones.Le pido a la abuela, que me entregue mis revistas, cuentos e historietas.Las había guardado con llave, para que no me distrajera, y así, pusiera todo mi empeño, en la escuela.Llevo una pila de mi colección de impresos a mi cuarto.Brinco, sobre la cama de gusto; luego un par de marometas para festejar y me dispongo a disfrutar de lo que realmente, me encanta.


Abro una revista y otra.Abro un cuento y otro.¿Y que veo?Solo dibujos inmóviles, mudos.Planos, como calcamonias.Voy con la abuela. Hay en mi boca un sabor amargo, de desencanto.


Le pregunto, porque ya no puedo verlos moverse, ni los escucho.¿Que paso?Se acerca la abuela a mí, me carga.Se sienta en su sillón favorito, acomodándome en su regazo.


Me mece un rato, como cuando se consuela a un niño que ha perdido, algo muy querido.Y me dijo, lo siguiente, en un tono bajito:-Es que ya aprendiste, a leer.Cuando nacemos, sabemos muchas cosas hermosas; y a medida que crecemos, las olvidamos.Y en su lugar, adquirimos conocimientos, que nos envuelven, y endurecen el alma.Gracias a esos conocimientos, nos defendemos, en esta vida, unos de otros.
Sino, seriamos rebasados, por lo que nos rodea.

Pero no te apures, llegaras a una edad, en que podrás de nuevo maravillarte, por las cosas sencillas, que son en realidad, maravillas, de la creación de Dios.
Estirando la mano, toma un cuaderno, y un lápiz, que yo había dejado, sobre una mesita.Lo abre, busca una hoja limpia, y dibuja, calmadamente, un círculo, y me pide que observe bien.Después, me pide que yo lo haga, mientras, me explica su significado.
Mira, mi niña, así se tocan, los dos extremos, la niñez y la vejez.
Son las edades, en que se comprende mejor el mundo, al principio, y al final de la vida.

Portada del libro "Más allá"

Portada del libro "Más allá"
Camino de Amor Infinito

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