Gracias por sus latidos de afecto y cariño que alimentan al Alma.

domingo, 29 de agosto de 2010

Tio




TIO

Vivíamos en un cuarto redondo, de esos, que son todo a la vez.
La abuela, se iba, todo el día a trabajar. Dejándonos hecha la comida, a mi tío, y a mi.
Nos encerraba con llave.
Mi tío, tendría en ese tiempo, unos 40 años, alto, musculoso, porque en su juventud, se ejercitaba con pesas.
Ojos hundidos, con ojeras. Nariz aguileña, ceja gruesa, cerrada.
Pelo hirsuto, barba tupida, dientes amarillentos, aliento fétido.
Manos enormes, que golpeaban a puño cerrado, las paredes en sus arranques de ira.
Manos que levantaban su cama de fierro, para con ella golpear el suelo, y cuartear el cemento.
Dedos que embarraban, el excremento en las paredes.
Porque mi tío era esquizofrénico.
De esos, que hablan y hablan solos.
Que se dirigen, a alguien que nadie más, puede ver.
Yo tendría, 6 o 7 años de edad.
Y deseaba, que mi tío me quisiera.
Hubo una época, en que sentaba en sus rodillas, y le decía papá.
Pero, un día, me aventó lejos, y me grito ¡tu no eres nada mío!
La abuela, me regañó.
Y me hizo los siguientes comentarios:
- No te le acerques.
- No lo mires, y si lo haces, que no lo note. Cuando el voltee el rostro, tu no debes voltear tu cabeza a otro lado, porque te delatas y se enfurece.
Solamente la niña de tus ojos, cambiaras de dirección.
Si no tienes cuidado, y lo miras fijo, un día te puede matar.
Ya te lo advertí.
Parece que lo veo, con su pantalón arremangado, porque en su valenciana guardaba los tiliches, que recogía en las calles, como tapones, fichas, seguros, alfileres, pañuelos sucios, y que el llamaba, “mis tesoros”.
Con un mecate por cinto, porque cuando traía cinturón, amenazaba con agarrarnos a cinturonazos, a la abuela y a mi.
Y que de groserías decía.
Un vocabulario tan florido, que daba cátedra.
Después al tío, le dio, por amenazarnos con cuanta cosa tuviera a la mano; un día descubrió donde se escondían las herramientas y su consentida, se volvió el machete.
Y yo, el blanco de sus amenazas, cada que no estaba la abuela.
Machete en mano, me decía:
He de arrancarte la cabeza. Te voy a hacer cachitos, que ni quien te reconozca.
Eso era de día.
Por las noches, despertaba sofocada por las pesadillas.
Mi abuela, hablo seriamente conmigo.
Me explico, que si tú en los sueños, sueñas que te ahogas, o que te caes a un precipicio, o que te quemas; tú y solo tú, tienes la solución.
Que si tu no pones, remedio en tus sueños, a tus monstruos o peligros, puedes morir, tanto en el sueño, como en la vida real.
Es decir, que tú ya no despiertas.
Simple y sencillamente, porque en tus sueños, tu, te dejaste vencer por tus miedos.
Esas verdades, dichas por su abuela, a una niña de 6 o 7 años, son algo muy gordo, que hay que meditar mucho.
Ya ni modo, de seguir quejándose, por tener pesadillas.
Y el tío, que seguía dale y dale.
Con su circo, maroma y teatro.
Una mañana, en que yo miraba como al entrar los rayos del sol, por los vidrios de una ventana, y al iluminar el polvo, que con mis manos levantaba al palmear, infinidad de puntitos se hacían visibles, como estrellas, que me acompañaban; empezó mi tío con su letanía.
Se movía como un león enjaulado, por nuestro cuarto.
Gesticulando, manoteando, dando brincos, escupiendo, desnudándose.
Y recordé la advertencia, “no le veas ahí, porque es pecado; el no sabe lo que hace”.
Harta.
Saco el machete, aunque pesa en mis manos como plomo.
Mi tío, para sus bailoteos.
Me le acerco.
Se lo entrego.
Me pregunta, con voz de cuerdo:
Y esto, ¿para qué me lo das?
Lo miro de frente y le digo, para que me mates de una vez, porque esto no es vida.
Suelta una maldición.
Avienta el machete a un rincón y exclama:
¡Tu estás más loca que yo!
Esa noche, en mis sueños, el gigante, empieza a corretearme tenaz.
Yo lo espero en una esquina, con miedo, pero firme.
Y saltando, le inserto un puñal, entre sus ojos.
Cae muerto el gigante de mis pesadillas.
Jamás ha vuelto a perturbar mis sueños.
Y mi tío, no me volvió a amenazar, con matarme.

domingo, 22 de agosto de 2010

Doña Pilita


DOñA PILITA

Cuando rentábamos en las orillas de Altamira, en la cuadra donde estaba nuestra casa, la mitad de ella estaba ocupaba por una gran propiedad, cuyo dueño, señor bajito, rubicundo, tenia un hijo, de un anterior matrimonio, que tomaba mucho. Su actual esposa tenía una hija, ya casada, que vivía en otra ciudad.
La casa de ese matrimonio, ya entrado en años, era grande, de madera, edificada sobre unos postes de madera, y la había construido, en la esquina. Tenia piso de madera, techo de lámina.
Le habían hecho unos cinco escalones de cemento, para poder entrar a la casa, por lo alta que quedo fincada.
Ese solar, tenía gran cantidad de árboles de mango, aguacate, y uno que otro limoncillo.
Al centro del solar, tenían construida una casa mucho más pequeña, con piso de tierra, que rentaban a un matrimonio, que no tenía descendientes.
El dueño del solar, tenia mucho problemas con su hijo, y reuniendo una considerable cantidad de dinero, se la entrego, con la condición de que se estableciera en otro lugar, quedando entendido, que esa había sido su herencia por adelantado.
Al paso de los años, murió el señor, la señora, y los hijos de estos quedando en el solar, el matrimonio que les rentaba.
Mientras se decidía a quien de los descendientes, correspondía la propiedad.
Era una pareja, no muy jovencitos, como que ya no se cocían al primer hervor, los dos muy delgaditos, menuditos, bajitos, ella siempre de rebozo.
Le decíamos, “Doña Pilita”.
Sacaban para irla pasando, de las “curaciones” y “barridas” que realizaba la señora.
Para ella, existían dos tipos de espantos muy malos.
El susto por agua, o sea andarse ahogando, y el de víbora.
Y ya todos los demás, eran sencillos de curar.
Ella empleaba hierbas, como la ruda, romero, hierba del negro, pata de vaca, toronjil, manzanilla, y albahacar; el clásico huevo de gallina, la piedra lumbre, y si no había más, hasta un limón la llevaba.
En el solar, ella había sembrado sus hierbas curativas, y también criaba gallinitas.
Hiban hasta en carros lujosos a buscarla, porque dizque era muy bueno, para eso de las “curadas”.
Cuando “barría”, para curar un susto, hacia lo siguiente:
Preparaba una escoba con hierbas de curación.
Le pedía al cliente, que se parara al centro de la casa, sin zapatos.
Le agarraban con los dedos índice y pulgar la punta de la nariz, y con suavidad, se la movían de un lado a otro.
Exclamaba, ¡si, no cabe duda!
Estas bien asustado, traes un asombro bien grande.
Se nota en las narices aguadas que te cargas.
Pos como no quieres sentirte malo. Pero ya veras como te compones.
Con solo tres barridas quedaras como nuevo.
Y que bueno que viniste pronto, porque luego el susto se va al estomago, dejas de comer, y enflacas cada día mas.
Y no hay medicina que te alivie. Y es que el susto, solo con hierbas se saca.
Le indicaba al “asustado”, que no se estuviera moviendo, que cerrara los ojos, y mantuviera los brazos caídos, a los costados de su cuerpo.
Agarraba la “escoba de hierbas”, con su mano derecha y empezaba dibujando tres cruces, en la cabeza del cliente; una en la sien derecha, otra en la frente y ultima en la sien izquierda, mientras decía, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o sea, que estaba invocando su ayuda.
Esto solo se hacia al principio de la curación.
Si era susto por difunto, porque el cliente refería que eso creía, porque algún familiar ya fallecido lo andaba importunando, o porque referían que tal o cual difunto les hablaba, a cualquier hora del día, los rezos de la curación debían ser puros padres nuestros, y con la recomendación, de que al llegar el cliente a su casa, pusiera en unos vasos con agua, flores blancas, y así protegiera cada cuarto donde el viviera. Que eso alejaría a los espíritus.
Si era un susto por cualquier otra cosa, rezaba padres nuestros y credos.
Después de persignarlo, tres veces con la escoba, rodeaba su cabeza, como sobandola, con las hierbas, y durante toda la barrida, no dejaba de rezar.
En los ojos, oídos y boca, hacia la señal de la cruz con las hierbas, y todo en continuo “barrer” hacia abajo, como quitándole algo.
Formaba la señal de la cruz en el corazón, unas tres veces, en el estomago, en cada “coyuntura” o articulación del cuerpo, como codos, muñecas, rodillas y tobillos, así como la nuca, y la rabadilla, ahí donde nace la columna.
Al llegar a los pies, pedía al cliente, que levantara un pie, y luego otro, porque hacia como que le quitaba algo de las plantas de los pies para recoger el mal que hubiera pisado.
Los “barría” tres veces, primero por el frente, luego por la espalda y terminaba de nuevo por el frente.
Tiraba las hierbas sobre unos periódicos que tenia en un rincón.
Asegurando, mírelas, quedaron “bien quemadas, bien prietas, es que están agarrando el mal que traes.
Y empezaba otras tres barridas, ahora con un huevo. Al terminar, lo depositaba con suavidad en una mesita.
Para “cerrar” la curación, tomaba entre sus manos fuertemente la cabeza del curado, primero de sien a sien, luego de la frente a la nuca, y la ultima vez, de nuevo de sien a sien.
Hablando de manera fuerte, decía lo siguiente en cada apretada de cabeza: ¡vengase …y aquí nombrada al cliente por su nombre de pila, como Juan, o Luís, no se quede !
El curado debía contestar ¡aquí estoy!, recio, las tres veces, que se le llamara.
Y remataba la curandera con un Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tengan piedad y misericordia de tu alma. Así sea. Apretando fuertemente, de nuevo la cabeza del cliente.
Le pedía que la mantuviera tapada por un rato con un trapo, para que no fuera a agarrar un aire cruzado, ya recién curado.
Eso era para evitar, que en lugar de curarlo, quedara dañado.
Decía doña Pilita, que no se deben abrir puertas, si después no sabemos como cerrarlas.
Si notaba que el espanto estaba” muy pasado”, porque ya tuviera mucho tiempo de haberse asustado el cliente, le recomendaba que mejor, había que “levantarle la sombra.”
Citaba al cliente, a las 12 del día le pedía que se acostara, en el piso de tierra, sin zapatos y lo curaba de la misma forma, que cuando barría a la persona de pie.
Y en un vaso de agua, ponía una pizquita de la tierra, donde el asombrado estuvo acostado durante la barrida, así como una pizquita de flor de ceniza, que agarraba doña Pilita de un fogón, porque ella guisaba con leña.
Esa agua preparada, ya asentada la tierrita y la ceniza, hacia que el cliente se la tomara, para así concluir con la levantada de la sombra, que tenia que llevarse a cabo, por tres días seguidos.
El huevo que se había ocupado en la limpia, el cliente, se lo debía llevar a su casa, hacer con el la señal de la cruz en la boca de un vaso con agua, y arrojar dentro la clara y la yema, tirando el cascaron.
El huevo dentro del vaso con agua, debía ponerlo bajo la cama, en el lugar que de costumbre le servia de cabecera, para que en la noche, siguiera recogiendo las malas influencias.
Doña Pilita, luego era solicitada para que “leyera” el huevo de la curación. Si se veían unos puntos o rueditas blancas a la yema, declaraba doña Pilita:
No te digo, si aquí esta, a alguien le caes bien mal, y señalando el punto, ¡pero si te tienen envidia!
Si se veían unos filamentos largos, que flotaran en el agua…
¡Si hasta tienen una foto tuya, con velitas ya!
Si el agua se veía muy turbia, eran “puras malas corrientes” y…
¡Has de haber pasado por donde hubo un accidente o un pleito! Pero no te preocupes, que ya todo va saliendo de tu cuerpo, con 3 curadas tienes, ya veras.
Y la piedra pómez, después de curar con ella, la ponía en las brasas a calentar; luego con unas tenazas la tomaba y empezaba a leerla.
Sacaba infinidad de historias, de lo que “veía en la piedra”.
La más impactante, era cuando aseguraba…
Aquí se ve un ataúd. Si no hubieras venido, dentro de poco, ya te estaríamos cafeteando.
Y doña Pilita, la hiba pasando, con penurias, pero sacaba para el “chivo diario”, con los grandes poderes de sugestión, que había que reconocerle, los tenia y en abundancia.
Su esposo era el encargado de regar plantas, cuidar gallinitas; después de las curaciones, el quemaba con la basura, todas las yerbas, que se habían utilizado.
Doña Pilita, contaba que en las noches, se daba ella misma, una “barrida”, para quitarse cualquier daño, que su cuerpo hubiera recibido, por haber ayudado a las personas.
Yo jamás vi discutir, pelear a ese matrimonio.
Marchaban por la vida con sencillez. Se deslizaban como las aguas mansas de un arroyo, apaciblemente, en armonía.
El solar seguía en pleito, que si unos herederos eran los dueños, que si los otros.
A doña Pilita, después de mas de 20 años, de haber muerto los dueños originales, le llego de mano de un abogado, una orden de desalojo.
Tenían dos opciones, o se salían a la voz de ya, o pagaban la renta, de muchos años e interés sobre interés, del cuartito aquel, achaparrado, que tenias que agacharte para entrar, con piso de tierra, lamina de cartón enchapotado, reforzada con plásticos , y paredes de puro retaceado, entre madera podrida, apolillada y pedazos de lamina, de latas de manteca.
La casa grande, vacía, desde que murieron sus dueños, amenazaba con caer por lo viejo, y un buen día, vinieron trabajadores, mandados por los herederos, y la terminaron de tirar. Quedaron como mudos testigos, los escalones.
Les hizo falta un marro, para poder destruirlos, y de plano, en un solar tan grande, en cualquier montículo se disimulaban.
Doña Pilita y su esposo, comentaron los amagos del licenciado a unos sobrinos que vivían en ciudad Mante, y ellos, les dieron un rincón de casa, en aquel lugar de Tamaulipas.
Nos despedimos con lágrimas en los ojos; es bonito tener buenos vecinos.
Yo los llegue a tratar por muchos años, casi desde que tenía uso de razón.
Los herederos, con el “tucuruchito” vacío, lo tumbaron, casi casi con solo el soplo de su aliento.
Pero continuaban en juzgados, en que si, en que no; en que seria mejor vender el solar.
No, porque les tocaría de a borona, ya eran muchos los descendientes.
Como murió la primera, segunda y tercera generación de descendientes, todo se complicó mas.
Y estaban pendientes con el municipio los pagos por la introducción del drenaje al solar, así como por la pavimentación de los tres lados de calle que les correspondía; que daban una cantidad respetable de metros, que tenían que pagar los futuros dueños de aquella propiedad.
Y pasaban los años, y el solar enmontándose...(continuará)

Portada del libro "Más allá"

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Camino de Amor Infinito
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