
Tiempo después, nos distraíamos, al asistir al campo de béisbol “H. Morris”, que estaba ubicado a la entrada del 7½. Hubo memorables encuentros, con participaciones de destacados jugadores, como los del equipo ‘Los Bravos de Ciudad Madero”.
Un tío me propuso trabajar en la refinería “La Pierce”, que se ubicaba en terrenos, donde hoy es la P. J. Méndez, esquina con la Avenida Obregón. Era una gran extensión la que ocupaba, porque contaba con grandes tanques de almacenamiento.
Pero yo, como mi padre, llegado el tiempo de ganarme la vida, trabaje en la Planta de Parafina.
En caso necesario, tenia la atención medica en el hospital de PEMEX, que era de madera, y se localizaba, en lo que hoy son los campos de golf.
Me casé, y al nacer mi hija, tocó de nuevo la fatalidad a mi vida, quedándome viudo.
Fue cuando sentí en carne propia, lo que mi padre vivió, al nacer yo.
Me ayudo mi tía Eusebia, a criar a mi bebita.
Continué trabajando, para mantener a mi primogénita.
Por un tiempo, viví en E. U., continuaba mandando dinero para los gastos de mi hija, no dure mucho del otro lado del charco.
Extrañaba a mi familia, a mi hija, las calles de Madero, el modo de ser de la mujer mexicana.
Deseaba tener un hogar, un sitio que fuera mío.
Y no hay mejor lugar, que donde uno nace.
Después del trabajo, los fines de semana, me hiba a distraer; y una noche, que andaba por las calles de la colonia Árbol Grande, distinguí a una mujer, de cabello largo y vestido blanco, que caminaba presurosa.
Recordé la experiencia de mi papá, y como yo me las daba de muy conquistador y valiente, decidí seguirla, con el argumento de que si estaba viva, la cortejaría; si era un fantasma, yo no me asustaría.
Camine mas de prisa, para darle alcance, y ella más veloz, no me permitía fácilmente acercarme a ella.
Solo se escuchaban nuestros pasos, por esa calle, a esas horas de la noche.
Yo empecé a hablarle, “señorita, señorita, no tenga miedo, solo quiero conocerla, platicar, permítame tantito…
Llegamos a una larga barda, y ella empezó a brincarla, en eso yo logré agarrar el borde de su vestido, no lo hubiera hecho.
Volteo a verme, y ¡oh, espanto! tenia cara de caballo.
La solté, horrorizado, terminó de pasar al otro lado de la barda, dejándome ver que en lugar de pies y piernas femeninos, tenía una larga pata de gallo, y la otra, era pata de chivo, y quedó en el ambiente un olor a azufre.
Con tan fuerte impresión, sentí como si me despertara de un letargo, y reconocí, que era la barda del cementerio.
Ya en casa, al relatarle a mi padre mis peripecias, movió la cabeza en señal de desaprobación, y me instó buscar mujer, pero de día, porque de noche, podría encontrar puros sustos.