unas gotas de agua, que tremulas, recorrían el cuerpo moreno de mi esposo.
El se convertía, en un pájaro carpintero, un arbusto, un chapulín; un escarabajo, de brillantes colores, como el verde esmeralda.

O en un minino ronroneante, en un fruto cítrico, como el limón. Un mango jugoso, y aromático. En toda una gama de exquisitas, y lujuriosas, formas de existir.
Y era motivo de regocijo, nuestro reencuentro, con aquella parte de nuestro ser, que nos complementa, en esta vida terrenal.
Nos preguntábamos, quienes, de los especímenes, que nos rodeaban, estarían, también mimetizados, y serian, testigos indiscretos, de nuestro amor.
Por lo mismo, teníamos, la certeza, de que debíamos respetar la vida, que de manera exuberante, se brindaba a nuestros ojos.
Y jamás, por ningún motivo, debíamos dañarla, o destruirla.
Llegó el día, en que mi esposo, me contó, que había descubierto, que a las seis de tarde, en una colina, aparecía un puente, que sólo duraba unos minutos.
En donde seres luminosos, lo invitaban, a pasar, a otra dimensión.
Solo una condición imponían, que ya no podría regresar.
Que el que entra ahí, nunca sale.
No había aceptado, de inmediato, la oferta, por no dejarme, después de todo, teníamos muchos años de juntos, recorrer el velo de varios misterios.
Nuestros lazos de amor, eran tan fuertes, que solo, con gran dolor, podríamos romperlos.
Mas, el deseaba, conocer esa otra frontera, que de un modo muy especial, le estaba brindando esa oportunidad.
Después de meditarlo, por un lapso breve de tiempo, le di la grata noticia, de que me uniría, con gusto, a esa nueva aventura.
Sólo le pedí, que me dejara escribir unas líneas, para que se supiera, que es lo que había pasado con nosotros, que ni un rastro dejaríamos.
Por lo tanto, al estar usted leyendo, esta misiva, significa, que ya hemos pasado a otro nivel de conciencia.
Me despido, agradeciendo su amabilidad, al compartir ahora, este gran secreto.
Suya por siempre.
Quien buscándose, se pudo encontrar, en todo, lo que la rodeaba.