Gracias por sus latidos de afecto y cariño que alimentan al Alma.

viernes, 25 de junio de 2010

Vidas entrelazadas ( 11 )


Meses antes de cumplir 18 años, nos inscribimos mi hermana Lupe, que era la mayor, y yo, en un concurso, que habría en la estación de Radio XETU, en Tampico.
Se calificaría por medio de votación.
El locutor anunciaba en ese programa los cigarros Montecarlo.
Ibamos a ensayar en ese programa antes del certamen, y nos corregían, señalándonos si presentábamos algunos errores.
Y yo participé con un tango, “El tango arrepentido”, y solo recuerdo que va así:

Un día te alejaste de mi lado,
sin dejarme ni un amor, ningún consuelo;
y con dolor, mi pobre corazón,
mi fe, mi corazón, toda mi vida,
la halle perdida, al encontrarme
sin tu amor.
Supe que te fuiste detrás de otra mujer…

Y como me decían mis hermanos, me arrepentí de haber concursado con ese tango. Porque de repente, mi mente quedo en blanco, y para mi vergüenza, se me olvido la letra, al estar concursando.
Mi hermana Lupe, tampoco tuvo suerte, ella desafino.
En ese certamen, ganaron “Las 3 Conchitas”, ellas cantaban puras piezas románticas.
Entraban siempre al escenario, cantando “somos conchitas del mar, de la playa de Tampico”.
Mis hermanas mayores se casaron, solo quedábamos solteros mi hermano Anselmo y yo,
Y decidí irme a vivir con un joven, que prometió quererme toda la vida.
Tuve a mi hijo Mateo.
A mi “amorcito”, le habían brotado los defectos como hongos, pero yo los aceptaba con resignación. Porque mi hijo solo tenia 2 años y necesitaba de su padre.
Una noche, llego tomado, trastrabillando, y gritando, ¿qué me ves?, ¿qué me ves? Y ¿soy o me parezco?, me dio tal andada de golpes, que en ese momento decidí abandonarlo.
Ya sabía, a lo que se expone uno si acepta, que lo golpeen.
Me refugie en casa de mi hermana Goya. Ella casada, y con dos hijos, me brindó el respeto de su hogar.
Me mantenía trabajando, como dependienta de un negocio.
Después de 3 años, conocí a alguien, que parecía una calca de mi vida.
Solo, con una hija, pero esta de 18 años, y también, como yo, se había quedado huérfano de niño.
Habíamos vivido tan cerca, el en la Hipódromo, yo en la Vicente; en mas de alguna ocasión habremos viajado sin conocernos, juntos pero no revueltos, en el mismo tranvía.
Y entrelazamos nuestras vidas.
Con el firme propósito, de darles a nuestros hijos, los que ya teníamos y a los futuros, lo que nosotros dos no tuvimos.
Un hogar.
Donde se sintieran aceptados, tal y como fueran, respetados, amados.
Donde tuvieran padre y madre.
Nos casamos, y poco tiempo después, la hija de el, que continuaba viviendo con sus abuelos, se casó también.
Y cada dos años, yo tenía un hijo.
Hasta completar diez en total, siete mujeres y tres varones.
Como me daba gusto guisar grandes ollas de comida, para mis muchachitos, que al llegar de la escuela, se lavaban las manos corriendo, y aterrizaban en el comedor.
Me agradaba tenerles su comida caliente a sus horas; que no se les fuera a pasar el hambre.
Mi esposo, agradecía siempre a Dios, por los alimentos que estaba sobre la mesa, y a nuestros hijos les decía, denle las gracias a su mamá, porque ella preparo la comida.
A mi viejito, y a mis hijos, siempre los tenia limpios y planchaditos sus ropas, tan bien almidonadas, que al caminar, se escuchaba ¡chac, chac! Por el roce de las telas.

martes, 15 de junio de 2010

Vidas entrelazadas ( 10 )


Tiempo después, me inscribieron en la escuela “Leona Vicario”, era para puras mujeres, los turnos eran de mañana y tarde, yo en la mañana.
Era de madera, como una cuartería.
Ya estaba la escuela Isauro Alfaro, de concreto.
En los fines de semana, le ayudaba a mis tíos con sus puestesitos, ya que tenían 3, dos frente a un cine, y uno en casa.
En esos puestesitos, se vendían cigarros de distintas marcas, como Montecarlo Extras, Montecarlo del # 20, que eran más económicos, y los cigarros de hoja.
También vendíamos chocolates, chicles, nueces, cacahuates, semillas, dulces y frutas.
Mis tíos, si había buenas ventas, me recompensaban con unas monedas.
En la escuela, yo era muy nombrada, porque entre las hojas de mis libros, llevaba moneditas de 10 y 20 centavos de plata, con los que invitaba a mis amigas, rebanadas de coco y de sandia.
Pero en tercer año, de primaria, me fastidio la escuela.
Ya no quise asistir.
Mis tíos me animaban, a terminar la primaria, pero yo ya había descubierto el valor del dinero.
Y francamente, era casi todo el día, lo que tenía que estudiar. Y de ahí, no salían moneditas de plata.
Me dediqué a atender de lleno, los puestos de mi tío, como los 2 que estaban cerca del cine Juárez, que estaba ubicado frente a la Cruz Roja.
También había otro cine, “El Obrero”, que estaba cerca de la escuela Isauro Alfaro, por la Obregón.
También, empecé a ayudar a mis vecinas, en los mandados, y recibía buenas propinas.
De ahí, que mis tíos, me llamaban afectuosamente, como la “buscavidas”.

lunes, 3 de mayo de 2010

Vidas entrelazadas (9 ) Castigos en 1930


Mi papá esporádicamente nos visitaba, y a mis tíos, una muy pequeña ayuda, daba para el gasto.
En un cuarto de techo alto, acostumbraba dejar alguna ropa, colgada de unos clavos.
Y tardaba, para volver a ocupar aquella ropa.
En una de esas visitas, mi hermana Goya, que tendría unos 7 años, vio que mi papá traía pesos de plata.
Al paso de los días, urdió subirse a una silla, para alcanzar el saco de mi papá y tomar dos pesos.
Me invitó a mi, a ir con unas amigas suyas, y gastarnos aquel dinero, en dulces y golosinas al por mayor.
No logramos comernos tantos confites, y regresamos a la casa, con las bolsas de nuestra ropa, todavía llenas con lo comprado.
Y empezó el interrogatorio.
-¿De donde agarraron el dinero, para comprar eso?
Mi hermana Goya, nombro a una señora, que era muy amable con nosotras, pero como su marido era un borrachito incorregible, que no dejaba ni para los gastos de su casa, mis tíos no le creyeron.
Llegó en ese momento del interrogatorio, mi papá, y le preguntaron si no le faltaba algún dinero.
¡Y si le faltaba!
Yo me defendía, con “no pos, yo no, fue ella”, y señalaba a mi hermana.
Y mi hermana Goya, “pero bien que me acompañaste, y de todo comiste”.
Nos salieron muy caros esos dos pesos de plata.
Primero, una buena tunda, y luego, nos hincaron en el centro de la casa.
A mi hermana Goya en cada mano, le pusieron una plancha de carbón, vacía, pero no por eso dejaba de pesar.
A mi, por ser mas pequeña, solo unos ladrillos en cada mano.
Mis tíos, se sentaban por turno, para vigilar, que se llevara a cabo el castigo.
Solo me dejaron un par de horas castigada; a Goya más tiempo.
Ella suplicaba:

¡Ya levántenme el castigo!

¡les prometo no volverlo a hacer!
Y mis tíos, impasibles, “No, te falta mucho todavía, para que a la otra lo pienses muy bien”.
“Quien dijera, una niña de 7 años, y tan langara”.
Ya cuando nos levantaron el castigo, nos advirtieron, que por ser la primera vez, nos habían puesto un castigo suave, pero que para la otra, con las mismas planchas, pero calientes, nos quemarían las manos.
Desde luego, si les creímos.
Si por unas maldiciones, dichas por mi hermana Obdulia, la Dula, de 9 años, le restregaron un carbón caliente en la boca.

viernes, 16 de abril de 2010

Vidas entrelazadas ( 8 ) Mamá me quería llevar



Yo tenía en ese entonces, 5 años, y una vez que quemaban ramas en el patio, vi como mi mamá, me llamaba, parada al centro de las llamas.
Me quise meter a esa hoguera, pero mis tíos me lo impidieron.
Cuando por las mañanas, empezaba el trajín, en un cuarto, empezaba a desenredar con dificultad mi cabello, mi mamá se me aparecía, y con mucho amor, tomaba ella el cepillo y me peinaba, dejándome inmensamente feliz, por haber estado con su compañía.
Me hizo prometerle, que ha nadie le contaría que ella seguía en la casa.
Pero mis hermanas mayores, maliciaban que algo estaba pasando.
Porque deseaba tanto estar a solas en ese cuarto, y como le hacia para quedar mejor peinada, que ellas.
Se pusieron a espiarme, y pusieron en aviso a mis tíos, que yo hablaba sola, y que me imaginaba a mi mamá.
Dieron en cerrar con llave ese cuarto.
Aunque lloré a grito abierto, de nada me valió.
Mis tíos dijeron, que como mi mamá ya se había llevado a una de sus hijas, ahora también quería llevarme a mí.
Mejor vendieron el solar, con su casa de madera, y compraron otro, por la calle Francia.
La nueva casa, también era de madera, y tenía el techo de lámina, con piso de “machimbre”, pintado de amarillo.
Cuando íbamos a un mandado, a unas cuadras de distancia de la casa, mi tía escupía el piso, pisaba esa humedad, y nos advertía, tienen que volver con lo comprado, antes de que se seque la saliva. Recuerdo que estaban “El Otoño”, donde hoy es el “Fénix”, el de la plaza Vicente.
El negocio “El Levante”, por la 13 de Enero, que era tienda, molino y tortillería.
Y la botica “El Obrero”, por la primero de mayo, después esa esquina fue panificadora, y actualmente, una casa de empeño.

Portada del libro "Más allá"

Portada del libro "Más allá"
Camino de Amor Infinito

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